El Mundial de 2026 se perfila como un torneo lleno de desafíos, desde lo logístico hasta lo geopolítico, que podrían opacar incluso el espectáculo deportivo. Uno de los primeros obstáculos es la infraestructura: el Estadio Azteca, sede emblemática de México, aún no está listo, y el tiempo apremia. Las obras avanzan, pero la incertidumbre persiste sobre si cumplirán con los plazos. Si algo ha enseñado la historia de estos eventos es que los retrasos en la construcción suelen ser la norma, no la excepción, y este caso no parece ser diferente.
La seguridad es otro tema que genera preocupación, especialmente en Guadalajara, una de las ciudades anfitrionas. Jalisco, estado donde se ubica, ha sido escenario de una creciente presencia del crimen organizado, lo que plantea interrogantes sobre cómo se garantizará la protección de jugadores, aficionados y delegaciones. Aunque las autoridades han asegurado que habrá medidas excepcionales, la sombra de la violencia no se disipa fácilmente. Un torneo de esta magnitud exige tranquilidad, y cualquier incidente podría empañar la imagen del evento.
Pero los problemas no se limitan a lo local. A nivel internacional, el contexto geopolítico añade una capa de complejidad inesperada. Mientras el mundo se prepara para celebrar el fútbol, Estados Unidos, uno de los países organizadores, mantiene un conflicto abierto con Irán, una de las selecciones participantes. Los bombardeos en territorio iraní, en medio de las tensiones entre ambas naciones, generan un escenario incómodo: ¿cómo se desarrollará la convivencia en un evento que, en teoría, debería unir a las naciones? La diplomacia deportiva, tan celebrada en otros Mundiales, aquí parece más frágil que nunca.
Y luego está el tema de los aficionados. La política migratoria de Estados Unidos ha puesto en jaque la asistencia de miles de seguidores, incluso aquellos con documentos en regla. Muchos latinos, que históricamente han sido el corazón de la afición en estos torneos, enfrentan obstáculos para obtener visas o temen ser objeto de discriminación. Sin ellos, los estadios podrían quedarse vacíos, y el ambiente festivo, tan característico de los Mundiales, se vería seriamente afectado.
El costo de los boletos es otro punto que ha generado indignación. En ediciones anteriores, era posible conseguir entradas accesibles incluso el mismo día del partido, pero ahora los precios rozan lo prohibitivo. Lo que antes costaba 25 dólares —una cantidad razonable para muchos— hoy se ha multiplicado varias veces, convirtiendo el sueño de asistir en un lujo al alcance de pocos. La FIFA, una vez más, parece priorizar el negocio sobre la esencia del fútbol: la pasión de los aficionados.
A esto se suma la logística del torneo, que se disputará en tres países con distancias abismales entre sedes. Los equipos y los seguidores tendrán que adaptarse a cambios bruscos de clima, altitud y husos horarios, lo que podría afectar el rendimiento de los jugadores y la experiencia de los viajeros. Viajar de la fría Vancouver a la sofocante Ciudad de México, o de la húmeda Atlanta a la árida Monterrey, no será tarea sencilla. La planeación, o la falta de ella, amenaza con convertir el Mundial en una carrera de obstáculos más que en una fiesta global.
Sin embargo, no todo está perdido. El fútbol tiene una capacidad única para sorprender, incluso en los contextos más adversos. Basta recordar el Mundial de Qatar 2022, que, contra todo pronóstico, terminó siendo uno de los más emocionantes de la historia en términos deportivos. Aunque las expectativas para 2026 son bajas, la magia del deporte podría imponerse una vez más. Si la fase de grupos logra superar los tropiezos iniciales, quizá el torneo nos regale partidos memorables que hagan olvidar, al menos por noventa minutos, los problemas que lo rodean.
El Mundial de 2026 está llamado a ser diferente, pero no necesariamente mejor. Entre la ambición desmedida de la FIFA, los conflictos geopolíticos y los desafíos logísticos, el camino hacia el pitido inicial parece más accidentado que nunca. Lo único seguro es que, como siempre, el fútbol encontrará la manera de escribir su propia historia, aunque esta vez tenga que hacerlo entre sombras.



